martes, 14 de julio de 2009

El teléfono de la Isla

Debe de estar pasando algo con los números. Ayer, cuando volví a casa, recibí una llamada: el display marcaba algo parecido a un trentaitrés con algo de seis, y en seguida lo reconocí: el número de la Isla!

Pero lo curioso fue que, cuando descolgué, se me empezó a llenar el oído de números: el 23 con el 5 (algo se bloqueó), otra vez el 33 (al espejo es un εε o un ee, y la sonrisa se duplica), luego un dos confundido con un 1, y de ahí ruidos raros como veinticuatro, desde hasta (palabras que marcan el tiempo cual péndulos), treinta, julio como siete, ocho días, tres imposibles, la canción de Carlos Puebla para nosotros siempre es 26, y la verdá: no sé qué más.

Tuve que empezar la cuenta atrás y el resultado fue 52 días sobre una base de 5 meses y 4 días, dividido por 28/2.

No me salían las cuentas y no reconocí a la Isla hasta que la oí recitar:

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de...

Todo pasa por la palabra clave: nuestros aviones, nuestros Julios, nuestro futuro.
Aquí hay gato encerrado, la oí decir. O, en alternativa, un pequeño saltamontes.

lunes, 13 de julio de 2009

Albóndigas Tangerinas con toque migratorio

Mi viaje a Marruecos empezó hace más de tres semanas ya.

Salí de noche, el aeropuerto estaba a un par de calles de mi casa, cuesta abajo. Para superar el miedo me había tomado unos cuantos rones, y en un momento de frivolidad me pinté un mechón de rosa fuxia. No pensé que, por ello, me encarcelarían en un cuarto abuhardillado, con una ventana a los techos del barrio de Lavapiés.
La noche nos llevó al desierto. Yo estaba muy cansada y apoyé mi pelo contra tu cuello, como si fuera un gesto antiguo, repetido y usual.
Dormimos abrazados a pesar del hambre nocturno, pasion du marroc la llaman. Y tu piel era de seda, y tus ojos llenos de ira.

Conocí a tu mamá, pero no pude reconocer instintivamente a tu padre (quizás esto hubiera cambiado el rumbo de nuestra historia). Hermanas, sobrinos, primos... me sentía rodeada de oro cual princera o reina de un domingo por el Rastro. Fuimos a nuestro parque, tras hablar con el chico de los cuadros, y allí empezaste a recitar el Corán.

Las aspiraciones de ese idioma expresivo, sus matices leves que se contruyen con tan solo abrir la boca en forma de sonrisa, de beso, de historia. Cuántas veces me sentaría en el techo a escucharte, sabiendo que aguantarías todas y cada una de mis incómodas preguntas.

Sé que el cariño brotó cuando decidimos abandonar el fast food árabe para dedicarnos a cocinar. Entonces fuimos a la carnicería halal, y un hombre con el ojo de vidrio nos picó un trozo de su mejor ternera. Compramos pan de horno de leña y cocacola (tampoco sabía que, a partir de ese momento, nunca más hubiera podido saborear la frescura afrutada de un buen Rueda).

En la casa entraba la luz de todo el barrio: Tánger se mira al espejo cada vez que una ola toca tus pies. Los recuerdos nos volvieron locos, hacía tanto que nos conocíamos, tanto que nos contábamos, y tan poco que nos habíamos abrazado... Me pediste que te ayudara a preparar las albóndigas, y yo, con mis manos chiquitas, seguí cada instrucción, mientras te miraba las caderas y el cuello. Hay comidas irresistibles. Pusiste a fuego alto el tomate con tus especias, luego les echámos las albóndigas y por último los huevos, que cuajaron y fueron a formar una salsa que tenía el sabor de tus besos.

No va a haber nunca más en mi vida otra forma de comer. África está en mi nombre y en mis dedos, y aquel día empezó otra historia, otro blog, otros cuentos, que se apoyarían en las tejas, en los aviones que contamos mientras pasaban sobre nuestras cabezas, cada uno en su ruta, con sus luces, y tú me relatabas el Islám, las prohibiciones, siempre con ese maniqueísmo que te contradistingue hasta hoy. El calor hizo que nos quedáramos desnudos contra el cielo; los viernes agreden la normalidad, y hoy llevo tu brazalete plateado, mañana te pediré ayuda para subir las maletas y anteayer te regalé la tortuga.

Quedan pocos días para que me prepares el café que, como una gata desperezándose, te pido cada mañana. Tengo que coger mi vuelo de vuelta, y sólo hemos llegado a la clase de árabe número 11, a 2 canciones de Michael Jackson y a 0 tajine de pollo.

Dicen que en Mauritania hay una haima suspendida en el cielo, desde donde se pueden contar todas las estrellas. Yo no sé contar hasta mucho, pero sé irme de puntillas, para no te despierte ningún ruido, ni el de esta mariposa volando, ni el de mi avión yéndose, otra vez, de ti, hacia ti, o qué sé yo.

domingo, 12 de julio de 2009

Pubblicità (mirando pa' ti mirrubia)


quizás alguien no sepa que me casé dos veces con una mujer.
precisamente, en Notre Dame de la Guarde, Marseille, un día de mucho viento, contemplando desde lejos la Isla de If donde aguarda el alma del conde de Montecristo; y en el Vaticano, celebrada la misa por el mismísimo Ratzinger, mientras saltábamos (para encontrarnos) desde el Sagitario al Virgo, del Piscis a la Libra (quizás nadie sepa que, en el suelo de la plaza de San Pedro, están inscritos, en unos redondeles de mármol beige, todos los signos del zodíaco).
ser rubia, a día de hoy, no es lo más sencillo que nos pueda pasar. pero si a esto le añadimos la frescura del pepinillo, las vitaminas del zumo de naranja y la química del cerebro, nos encontramos con Lagartito.
si no leen es porque no quieren.

casualmente

http://www.youtube.com/watch?v=M-OqXfmnVu8&feature=related

la sirenita

hoy desayuno galletas de fibra, y vos mi cuerpo, acompañado con bebida de pasión.

ayer cené jamón serrano cortado con la katana de Scorsese. estaba en Buenos Aires, y mi color era el blanquinegro azulado. sólo los recuerdos tenían colores vistosos.

anteayer una mezcla de canónigos, palmitos, queso fresco, tostas rotas y vinagre de módena, mientras te veía, transparente, danzando entre los fogones vitrocerámicos de mi nueva cocina.

mañana volveré al menú de 9 euros: salmón de segundo y espárragos de triguero o primero... con sal gorda y a la plancha, mejores no hay.

pasado pondré un pie en mi país, iré al muelle y confiaré en que subas a ese barco, costees hacia Génova para circumnavegar luego casi toda la península; y pasar por el Estrecho de Messina, que subas el Adriático y ahí, a mitad de camino en la ruta hacia la Isla de Venecia, me encontrarás, arraigada a las rocas como los mejillones, o debajo de la arena como una chirla o una navaja, o fluctuando como un delfín, una ballena (de las del Adriático), un tiburón bueno.

estoy dividida en dos. una parte de mí sabe nadar y no tiene miedo a la profundidad. y la otra... te la comiste ya.

lunes, 6 de julio de 2009

para vos, un secreto impublicable

En la Isla del Medio jugábamos a las sillas. Se acuerdan de ese juego con música, donde por ejemplo había 10 personas y 9 sillas, y cuando se paraba la música todos tenían que sentarse, y uno se quedaba fuera? Pues ese mismo.

Pero nosotros éramos dos, y las sillas también.

Ahora, las sillas se mantienen en el mismo número: siguen siendo aterciopeladas, cómodas, lindas y luminosas. Pero no puedo jugar, no encuentro a quien jugaba conmigo a no perder jamás, como en los mejores partidos de amor.

Echo de menos jugar. Pero te echo mucho más de menos a vos.
Te quiero como querés vos a la vida misma.

viernes, 3 de julio de 2009

Brownie en playback de chocolate doble

Me levanto temprano por la mañana, pues tardo mucho en ajustarme los rizos. Frente al espejo, observo cómo el tiempo cambia mi cuerpo, inevitablemente, y me pregunto si cambiará también mi forma de ser, los modos que tengo de querer a las personas, de darle vueltas a las mousse, de extender la nata, el praliné de colorines y todos los demás ingredientes que suelo utilizar a diario.


Hace mucho ya que decidí doblar la cantidad de chocolate en el brownie. Mis clientes -gustosos y divertibles- aprecian esa generosidad, pues les coincide con ese extraño virus llamado hiperglucemia del amor, que algún día llegará a afectarme a mí también.


Tras lavarme cuidadosamente las manos, cual médico que se asome a una delicada operación de cirujía, echo un vistazo a mis uñas: los postres no soportan las faltas de limado ni exceso de esmalte. Descascaro 4 huevos de un golpe (la experiencia comete esos milagros) y separo las yemas de las claras; a éstas añado 4 cucharadas soperas de azúcar blanco refinado y paso a montarlas a nieve, con la misma paciencia con la que espero una señal de él. Las yemas, en cambio, terminan en un cuenco de metal: hoy no sé si juntarlas con nata, crema de leche o yogur. Todo depende de cómo quiero que sea el día, si corposo, naif o light.


Tras realizar estas operaciones, miro hacia el fondo donde está el espejo: ahí yace el bote con polvo negro, ya multiplicado de por sí, presentándose con sus cantidades perfectas. Como aquella vez que desempapelamos las chuches crunch y comimos al ritmo de los mordiscos. Siempre hay dos formas de vivir la vida, dependiendo de si estás a un lado o al otro del charco. Yo estoy en éste, nadie me espera en ningún lugar, pero yo tengo fe de encontrarlo cada vez que me paseo por el barrio de Palermo viejo. Junto, pues, la doblada de chocolate a las yemas, y mientras les doy vueltas, despacio, añado la nieve de yemas azucaradas hasta que todo se convierta en una crema espesa e impermeable. El truco está en echarle unas gotas de agua para oxigenar un poco el día, y así lo hago, mientras me siento una princesa que juega con su gato.

El momento del horneado y de la espera es el que más me gusta. Programo a 220º y 26 minutos. En ese instante, salta una conversación nueva desde el otro lado del espejo. Dice ¡hola! o ¿cómo vas ché? y nos tiramos a conversar de viajes, amores descabellados, trabajo, y recetas para enfermos. Me sorprende todavía la facilidad con la que ha llegado a mi vida a través del arte, sin filtros ni dobleces, con una sonrisa que jamás he visto pero que llevo meses imaginando.

Susurro todas las palabras que leo, y en el playback encontramos nuestra forma de comunicarnos.