Únicamente tuya:
http://www.youtube.com/watch?v=bPa-IiXBfbY
sábado, 13 de junio de 2009
domingo, 7 de junio de 2009
Pubblicità (cliqueando)
Agustín Bethencourt es, esencialmente, un visionario. Cual buen arquitecto, detesta el desorden, el desfase y la locura.
Agustín Bethencourt es, doblemente, visionario. Su trabajo como fotógrafo del proyecto lo sitúa entre los mejores terroristas de la publicaciones en red.
Agustín Bethencourt es la anáfora del detalle, que él mismo sigila y hace permanente, metonímico y aéreo.
Seguiré posando para ti un millón de veces más, con o sin techo, con o sin mar, con o sin cicatrices.
Especia(s/l)
Los herbolarios de Marrakesh son museos del olor. Es difícil llegar si alguien no te guía por los zocos, pero si los encuentras casualmente la experiencia es más sorprendente. Suelen ser laberintos de paredes blancas, con estanterías y botes ordenados por colores: especias, aceites, pigmentos, flores, raíces... Hay muchas puertas y recovecos donde esconderte para robar un beso, una mirada, o una raíz de ginseng. Todo es muy silencioso por dentro, lo contrario de esa ciudad en bullicio continuo. Y luego, te adjudican una salita y un herborista que hable tu idioma. En realidad, recitan poemas a cada rato, mirándote fijo a los ojos más de tres segundos seguidos y consiguen que te enamores.
El cuidado del cuerpo por fuera se convierte, pues, en un ritual de detalles: aceite de roseta para las cicatrices y las ojeras, aceite de argán para rociarte tras un hamam, sanoug para respirar mejor. Pero el cuidado del cuerpo por dentro es todavía más infinito: ras el hanut es el nombre de 35 especias que sirven para tajine, couscous, barbacoa; con el azafrán coloreas los arroces, los calditos y el pollo; con el comino saboreas las legumbres y las sopas, y evita el dolor de estómago.
Y hay una infinidad de palabras especiadas que ahora mismo he escondido en los cajones rojos del mueble de la cocina, que es el mismo sitio donde guardo la inspiración de to see you again, zwin.
Tortiglioni con sugo di pomodoro
Y sin embargo seguimos desplazándonos. En este momento estarás a punto de volar y yo de echarte de menos otra vez, la enésima. No sé muy bien qué nos unió, y tampoco lo que nos separó.
Volví a cocinar para ti, que eres tan tenue, tan celeste por la mañana, tan sonriente a cada momento, incluso cuando lloras. Tras la última experiencia con Suru, quise volver a repetir en nombre de la reiteración.
Media cebolla cortadita, llorona, blanca como yo, y puesta a dorarse al sol del aceite de oliva; un secreto de miga de mantequilla y freixenet para que el olor llegue al primer piso y te invite a subir otra vez. Mi sartén de design y échale candela, échale tomate triturado. Ahí es cuando todo se confunde, el aceite se convierte en un vidrio transparente y amarillo que ampara lo que hay por debajo. Todo desaparece si cierras los ojos por un momento.
A cada burbujita de salsa que explotaba corresponde un día más que te echo de menos. Qué envidia escuchar esa canción y saber que te vas a ir allá, justo allá, donde están mis sueños. Por supuesto, todo es sano, porque la pasta es un plato sano.
Tortiglioni, vulgarmente llamado macarrones en estas tierras que no distinguen una pluma de una mariposa ni un número de otro cuando se trata de espaguetis. Qué le vamos a hacer.
El toque estuvo en el orégano... no sabía que en tu tierra era diferente. Debe de ser por el sol, o por los guanacos, quién sabe.
Y al dente, por supuesto, con ojalás de sal gorda derretida. Y luego lo de siempre
Sofá, televísión, charlas. Qué linda la normalidad. Buen viaje. Nos vemos a la vuelta. A cualquier vuelta.
sábado, 6 de junio de 2009
Sandwich budistas con serie adolescente
La cosa fundamental es que un fotógrafo entre en tu casa y que su circunferencia budista te dé un beso. Mándenlo a hacer la compra y, como si fuera el mejor de los platos, proponga una cena furtiva de sandwich. Ponga al buda a fumar un cigarro, a ver la enésima serie española para adolescentes, a encuadrar el desorden por encima del polvo.
Coja una sartén-plancha y colóquela sobre el fuego más grande. A parte, saque 6 rebanadas de pan de molde y que se estríen un ratito hasta parecer jaulitas de harina amarilla. En un bol, mezcle un par de latas de atún en aceite de girasol con dos cucharaditas de queso fresco y nueces destrozadas de amor. Lonchee el queso tierno (blanquito como yo) y separe la pechuga de pavo del jamón de york. El pelotón de especias tiene que estar bien listo: pimienta negra, orégano, semillas de sésamo blanco. Además, la rúcula no puede faltar, aunque se esconda por dentro.
Luego piense en grande, en un edificio, en la arquitectura, en el equilibrio y en gusto.Arme un montado, y repáselo por la mantequilla, que se funda con el queso y que haga ese ruido de costras y cicatrices.
Sirvalo todo en platos de colorines para distraer la atención, y acompañe con salsa de pimienta.
Y ahora a ver la serie, porque en lo malo siempre hay algo bueno.
Las raíces de la Isla
Esta isla nació gracias a un cálculo de probabilidades que nadie nunca se propuso medir. Llegó así, naturalmente, como llega lo mejor de esta vida. Sin embargo, tiene sus raíces en un hace tiempo y allá lejos que, casualmente, se llamaba "Recetas de cocina" y que decía así:
en algún momento de algún agosto de algún año hace 6 años
La primera sonrisa fue de un ángel alternativo con la típica cadencia del noroeste. Fue poner pie ahí dentro y quedarnos maravilladas por los colores y los espacios abiertos. Habíamos llegado a la ciudad hace rato, y ya nos habíamos dado cuenta de sus obscuros edificios y de lo linda que estaba la famosa luna de las canciones. Luego, un timbre, un pasillo semioscuro que llevaba a una puerta con vidrios de colorines, de esos que deforman la visión de las cosas. Muchas veces me paré delante de esos colores para ver como era aquello que luego vivía puertas adentro. Y podía verme, y ver a los demás... contestando al teléfono, jugando al ping pong, Rose que iba y venía puntualmente con sueño, el vasco con su voz agarrada a la rabia de un pueblo, la sonrisa de Jordi, el principito, Manel y Susana que se querían...
(...)
He decidido, tras pensarlo mucho, que no voy a volver a Tucumán. Hay gente más dulce que yo... echo de menos las noches con Juanito, el buenosdías de Matías, la llegada transgresora de Romina, la guitarra de Chuqui, y esa belleza sonriente de Ariel.
Y ahora, para apagar un fuego, enciendo un cigarro...
La primera sonrisa fue de un ángel alternativo con la típica cadencia del noroeste. Fue poner pie ahí dentro y quedarnos maravilladas por los colores y los espacios abiertos. Habíamos llegado a la ciudad hace rato, y ya nos habíamos dado cuenta de sus obscuros edificios y de lo linda que estaba la famosa luna de las canciones. Luego, un timbre, un pasillo semioscuro que llevaba a una puerta con vidrios de colorines, de esos que deforman la visión de las cosas. Muchas veces me paré delante de esos colores para ver como era aquello que luego vivía puertas adentro. Y podía verme, y ver a los demás... contestando al teléfono, jugando al ping pong, Rose que iba y venía puntualmente con sueño, el vasco con su voz agarrada a la rabia de un pueblo, la sonrisa de Jordi, el principito, Manel y Susana que se querían...
(...)
He decidido, tras pensarlo mucho, que no voy a volver a Tucumán. Hay gente más dulce que yo... echo de menos las noches con Juanito, el buenosdías de Matías, la llegada transgresora de Romina, la guitarra de Chuqui, y esa belleza sonriente de Ariel.
Y ahora, para apagar un fuego, enciendo un cigarro...
martes, 2 de junio de 2009
El Fantasma de La Isla II
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